martes, 23 de septiembre de 2014

Capítulo II

-A ti te puede gustar un tipo de música que a mí no me guste, pero de ahí a que te hagas del Atleti… No sé, me parece que te pasas.-
-Es que eso no tiene nada que ver, Juan, por favor. A mí me gusta el Atleti porque mi abuelo era muy forofo, algo se me habrá pegado. Mira, a ti te gustan las pasas y no te digo nada. Y eso que a mí me parecen un asco las pasas.-
-Te estás liando, las pasas no tienen nada que ver.-
-¡Toma! ¡Ni los tipos de música, no te jode!-
El anden estaba lleno de gente que cuando respiraba, dejaba salir una bocanada de vapor. Parecían dragones. Ya se estaba ocultando el sol, la luz era violeta y azul y la luna se dejaba ver, muy pálida en una esquina. Había nubes delgadas que se difuminaban a medida que mirabas a lo alto. Arriba, el cielo era del color del mar, y eso que el mar estaba muy muy lejos.
Se frotó las manos.
-Oye, qué frío ¿no?-
-Si, hace una rasca… En cuanto llegue a casa pongo la chimenea.-
-Qué chimenea, si tú no tienes.-
-Que si que tengo.-
-Pues no la he visto en mi vida.-
-Pues te jodes. Será porque a mis padres no les gustaba. Pero ahora la pongo todos los días. Es un gustazo.- Dijo calándose el gorro hasta las orejas, y dando unas patadas al suelo.
Juan la miró de reojo. Se pensó muy bien lo que iba a decir, era una bomba de relojería.
-Ya.- Tomó aire.-¿Es un gustazo porque da calor, o porque a tus padres no la ponían y te gusta llevarles a contraria?-
Justo en ese momento un tren rojo y blanco llegó a la estación y comenzó a vomitar pasajeros.
-Escucha, te salvas porque me tengo que ir, pero el lunes te vas a enterar.- contestó Manu, con un pie ya en el vagón.
Juan sonreía. -¿Te veo el domingo?-
-Ya veremos.-
Él se acercó, estiró el cuello y la besó dulcemente. Sí, dulcemente, como se besa a tu persona favorita.

Los viajes largos pueden estar muy bien o muy mal. Si estás cansada y te pesa todo el cuerpo, ya pueden ser diez minutos que te parecen diez horas. En cambio, si no estás de muy mal humor y escoges la música que más te gusta, al viaje le faltan minutos. No sé, tal vez haya días en los que de igual. Creo que ese era uno de esos días. Manu empezó a desenredar los auriculares. Le quedaban tres cuartos de hora hasta llegar a su casa. No dejaba de pensar en lo asquerosa que le había resultado esa semana, llena de clases asquerosas, en un colegio asqueroso. Juan le había dicho que no dijese más esa palabra, que la iba a gastar y que tampoco era para tanto. Juan a veces no sabía muy bien por qué todo le parecía asqueroso. Juan a veces no tenía ni idea.
Llegar a casa era una odisea, pero la sensación de tener su pequeño reino y un fin de semana entero por delante para hacer lo que le diese la gana hacía que mereciese la pena. Que era viernes, viernes por fin.
-¡Mamá, ya estoy en casa!- gritó Manu. Acto seguido soltó una enorme carcajada. Se dejó caer en la cama, cerró los ojos y en seguida se puso en pie. La música bien alta, el baño lleno de burbujas y el gato caminando por el pasillo. Así le gustaba a ella comenzar sus pequeñas vacaciones. Después, comida china del restaurante de abajo mientras veía una buena (o a veces no tan buena) película.
Claro que, si fuese un fin de semana normal, no os lo estaría contando.
Antes de llegar a casa, mientras iba caminando por su calle, escuchó a unas chicas de su edad hablar de un concierto y una feria y fuegos artificiales en un parque no muy lejos de su barrio. Y lo mejor, totalmente gratis. Manu no era muy de salir. No era su mayor afición, pero… Música en directo… Gratis… No pudo resistirse. Así que cambió la comida china por un cigarro y la película por el lápiz de labios. Un buen abrigo, llaves y a la calle.
Sus botas hacían salpicar el agua de los charcos, el humo se quedaba pegado a sus rizos y los ojos brillaban más que nunca. Sola en la noche. Hacía mucho que no salía. La verdad es que se sentía bien. Se sentía mayor, se sentía poderosa. Qué gracia, saltarse las reglas nos hace sentir fuertes.
A medida que iba caminando iba dándole vueltas al asunto. Tal vez la música no era tan buena, tal vez había que pagar, tal vez se metía en líos por ser menor. Una vez más pensar demasiado las cosas acababa asustándola, preocupándola. Angustia. “Mejor me vuelvo a casa no vaya a pasarme algo.” Esa actitud impulsiva, dominante, fuerte y arrogante duraba unos minutos y nada más. Es lo que ocurre cuando intentas ser alguien que no eres.
Con la cabeza baja comenzó a tomar el camino de vuelta, cuando la distrajeron las luces y sonidos de una calle cercana. Volvió a pensar que como en casa en ningún sitio, pero finalmente se dejó caer por allí. Era una calle con bares, antros diminutos y, en general, sitios de mala muerte. Reconoció un par de caras. Gente de su instituto. Ay madre, lo que le faltaba. “Bueno, ya que estoy me tomo algo y me voy, que yo con estos no pinto nada.” Justo cuando iba a entrar en el primer lugar que se le había ocurrido, la puerta se abrió hacia fuera y le dio en todas las narices. Cayó al suelo.
-¡Hay que ir con más cuidado!- soltó Manu enfadadísima. Estaba tirada en el suelo con una mano cubriéndole en cara.
-Perdona, ni te había visto…-
-No, si ya… Lo que faltaba es que hubiese sido a drede.-
-¿Te has hecho daño?.-
-Pues sí, pues claro que me he hecho daño. Me HAS hecho daño.- Manuela estaba en pleno ataque de ira. Realmente aquella no era su noche.-Creo que me sangra la nariz.-
-No me jodas, a ver, quita la mano. Va, déjame ver.-
Al abrir los ojos, vio a la última persona a la que se esperaba encontrar allí. Era uno de su clase de matemáticas, uno que no hablaba casi nunca y que era como un mueble, así lo describía con Juan. Nunca se había fijado en él. Tenía un ojo de cada color. Qué chico más raro.
-Va, cuentista. No tienes nada.- dijo él tendiéndole la mano. -Arriba.-
Manu se levantó. Se quedó mirándole durante unos instantes. Y, sin razón alguna, se dio media vuelta no sin antes decirle
-Qué payaso eres.-
Él corrió tras ella.
-¿Payaso? ¿Pero de qué vas?- la agarró de un brazo. -Eh, te hablo a ti. Ya he aguantado bastantes tonterías esta noche para ahora vengas tú y me molestes más. Ya te he dicho que lo siento, que no quería hacerte daño.-
Manu no respondió.
-Venga, ya vale. Y encima me insultas careciendo de motivos.-
-Careciendo de motivos.- repitió ella intentando disimular (o no) las risas.
-Qué.-
-Que me ha hecho gracia. Nada más.- Manuela dejó de disimular.- Pareces un diccionario.-
Él esbozó una sonrisa.
-Tu caída si que me ha hecho gracia.-
-¡Serás cabrón!- Ahora reían los dos. Pausa.
-Oye, tú estás en mates con Amanda ¿no?-
-Sí, y tú también, lo que pasa es que no me acuerdo de cómo te llamas. Lo siento eh.-
-Saúl. Me llamo Saúl.-
-Yo Manu, Manuela vamos, que todos me llaman Manu.-
-Y ahora Manu la de la hostia de la puerta.-

Ella le golpeó en el brazo y siguieron caminando juntos.

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