lunes, 10 de abril de 2017

no me calla ni dios

Estoy harta de callarme la puta boca para no ofender a los que nos están matando.
¿De verdad comparas la violencia sistemática que sufrimos los colectivos oprimidos con OFENDER molestar hacer de rabiar a los poderosos?
Me da VERGÜENZA y ganas de gritar de llorar de arrancarme cada pelo de la cabeza.
Nos matan nos torturan nos discriminan e invisibilizan y soy YO la criminal, la que tengo que medir mis palabras, pedir mi derecho a la vida, el de mis hermanas y mis hermanos, por favor, con buenos modales y sonriendo.
NO ME DA LA GANA.
El pacifismo es una manera de silenciar aún más al oprimido. Si hay que luchar se lucha, y creéme que hay mucho todavía por lo que luchar.
Os equivocáis de enemigo colega.

domingo, 9 de abril de 2017

en mi cabeza nos lo pasamos debuti


A mí me gusta mucho pensar en todas las cosas que no hemos hecho todavía pero que yo me imagino en mi cabeza.

Nos reímos mucho y nos tocamos mucho y hablamos mucho. Hablamos como si fuéramos filósofos o grandes pensadoras.

Me pongo tu ropa, pides vino (no sabemos nada de vinos pero nos gusta hacernos los interesantes y opinar delante del camarero). Vamos al teatro y nos salimos de la sala porque esto no hay quien lo aguante.

Nos metemos mano en cualquier lado.

Follamos sin parar.

Follamos muy bien.

Muy bien.



Hago el desayuno medio desnuda, ponemos a los Beatles porque son geniales y atemporales y unos genios para su época y para el siglo veintiuno. No nos importa el frío que hace en esta ciudad y en cuanto sale el sol vamos a la calle a besarnos y a quemarnos la nariz.

Te susurro palabras en otro idioma al oído y me comes entera y me dices que cómo te conozco y que me sé tus puntos débiles y que pare de una vez porque estamos delante de mucha gente y qué van a pensar y que me voy a enterar cuando lleguemos a casa (si es que llegamos a casa).



A ver si me haces caso porque en mi cabeza nos lo pasamos de puta madre y no te enteras.

miércoles, 26 de octubre de 2016

a raíz de un tuit

Quiero una novia que sonría bonito e irnos a bailar y hacernos fotos y patatas fritas.
Que me deje darle besos en los párpados y en las manos, peinarle la melena y cantarle suavito al oído.
Ver películas juntas y criticarlo todo comer chocolate pelearnos por el mando y montar en metro.
Volver a casa mientras sale el sol con los zapatos en la mano. 
Tomar té y tequila. 
Que me coja de la mano y me peine las cejas y no le molesten mis legañas. 
Pintarnos las uñas de los pies cenar en sitios caros fumar cosas que nos hagan reír
Hacer el amor por la noche y follar por la mañana. 
Hablar con los ojos, jugar con el corazón. 

sábado, 1 de octubre de 2016

cómo se hace yahoo respuestas

Cómo pegar los trocitos de tu corazón paso a paso.
Cómo sanar almas arañadas sin dejar marca.
Cómo hacer para que mis imaginaciones de porcelana vuelvan a estar como nuevas y no se vuelvan a romper nunca nunca más.
Cómo se hace para no sentir las cosas, todo, tan rápido y tan fuerte.
Cómo se hace para no sentir el viento la lluvia el té muy caliente que quema mis labios, los brazos y las piernas que se me cansan en clase de yoga, la mente que piensa sola aunque yo no quiera. Las lágrimas que se me saltan cuando leo un poema, que antes no saltaban y se quedaban quietitas en mis ojos. Este dolor que tengo en la espalda y que me invade el pecho y yo no sé si es por esos horribles sujetadores de deporte o porque decides no llamarme. Porque de repente alguien decide que no existo este fin de semana.
Cómo se hace para salir de la cama. Para sentir lo que sí quiero sentir: el sol y el chocolate (el belga y el marroquí). El aceite de oliva. Una canción que me pone la piel de gallina. Dormir doce horas.

Cómo se hace para que mi corazón se esté quietito, quietecito y no me de disgustos.

domingo, 25 de septiembre de 2016

via del campo

No quiero enamorarme. 
No quiero dolor en la cabeza y en el estómago. No quiero vivir caminar tragar y peinarme como si estuviera colocada continuamente. 
No quiero llorar. 
No quiero ir muy rápido en un coche sin cinturón y con las ventanillas bajadas. No quiero sentir hormigas y lagartijas en mi cama. No quiero dormir con la luna mis espaldas. No quiero contar lunares. No quiero sentir mariposas que luego se convierten en cucarachas y carcomas y polillas que agujerean el alma. 
No quiero novelas ni metros por la noche ni poemas en otras lenguas ni lengua ni calcetines ni café en tacita de plata ni bicicletas ni lágrimas ni sudor. Se me encoge el corazón y lo siento pequeño y oprimido en el pecho. A urgencias a que me lo saquen, que me lo saquen. Mi mente se congela y es casi ya la hora de comer. 
Siempre se me hace tarde.

https://youtu.be/EEH7bSeSL84

sábado, 13 de agosto de 2016

Gente imbécil hay en todas partes


-Gente imbécil hay en todas partes, no hagas caso.- fue lo que le dijo su madre nada más terminar de hablar. “Pues entonces todo el mundo es imbécil ” pensó para sus adentros. Acababa de sufrir otra cena con esos amigos que no conocía demasiado, pero lo justo para no poder rechazar sus planes. De aquellos que conoces en Ibiza un verano en el que estabais hasta las cejas continuamente o en el voluntariado de la Cruz Roja en Orcasitas cuando acabaste el instituto, tal vez esos hijos de esos viejos amigos de tus padres con quien jugabas de niña y te diste algún beso. No sabía por qué seguía yendo si no podía aguantar más de tres comentarios sin poner los ojos en blanco. Y nunca decía nada, porque se sentía en semejante compromiso que mostrarse en desacuerdo sería casi una falta de respeto. Siempre eran cenas políticamente correctas, en las que el mundo iba como la seda, estaban saliendo de la crisis (que lo decían en la tele) y la brecha salarial era un invento de las feminazis. A veces se acordaban de los pobrecitos de África y la India, aquellos que realmente sí lo pasan mal, luego recordaban lo ineptos que eran sus políticos y mostraban su incredulidad frente a la incapacidad de formar gobierno. Claro que todos los políticos son iguales, qué vergüenza de país. Ellas le enseñaban la foto de aquel chico que estaba tan tremendo pero que desgraciadamente tenía novia (y ella no sabía como decirles que a la que encontraba tremenda era a la novia) y le preguntaban si no había pensado nunca en casarse. Le hervía la sangre y se le hinchaban las venas de la frente, la cara se le ponía del color del comunismo y lo único que conseguía hacer era disculparse para ir al lavabo. ¿Por qué no podía hablar? Había algo que le impedía expresar su opinión. Tal vez el miedo a enfrentarse con gente que no iba a cambiar de idea y que iba a usar todos los argumentos que ella sabía desmontar con facilidad, pero que temía se trabase a mitad del debate. Tal vez dejar en evidencia a sus padres, que los viejos amigos se llevaran un chasco o incluso se ofendiesen. Sobre todo que la tomasen como una loca extremista según ellos, cosas de la edad, fases. Que invalidaran su palabra. Porque al fin y al cabo, ¿qué más da? ¿Por qué no podía denunciar las barbaridades que sus supuestos amigos y amigas soltaban entre bocado y bocado?
“Gente imbécil hay en todas partes” pero cada vez se lo creía menos. Cada vez se daba más cuenta de que era una cosa estructural, un pensamiento incrustado en las mentes de millones de personas (tal vez siete millones, seguramente muchos más) que se negaban aceptar la realidad, a renunciar a sus privilegios, a reconocer que eran opresores u opresoras y que estaban ejerciendo esa opresión quisieran o no.

Colgó el teléfono y volvió a la terraza, donde los demás estaban empezando el segundo gin tonic.
-Uy, qué cara traes. Alguien echa de menos un buen polvo…- dijo con sorna uno de los invitados.
-No echo de menos nada, muchas gracias.
Silencio. Hasta aquí habíamos llegado.
-Marta, era una broma, no te lo…
-Estoy un poco harta de vuestras bromas, esas bromas en las que el sujeto es siempre un negro o un moro, una mujer o un maricón. Siempre están protagonizadas por gente que, casualmente, vive en una opresión constante. Son chistes racistas, homófobos y machistas. Dais vergüenza. Os hacen gracia porque vosotros no lo sufrís.
-Marta, por favor…
-No, por favor no, eso lo debería decir yo. Cuando os maten por vuestra condición racial, social o de orientación sexual me diréis si os hace tanta gracia.
Cogió el bolso y se encaminó hacia la puerta.
-Tienes un trocito de algún animal muerto entre los dientes.

sábado, 25 de junio de 2016

Me duele tanto la barriga de la cerveza y el tinto de verano que me quiero meter en la cama un mes. 
No entiendo las esperanzas, las expectativas. A ver, yo tengo esperanzas y altas expectativas en las elecciones y en el atleti. Pero en esos seres humanos que incrementan mis dolores o cosquilleos en la barriga... En esos ya no. No me creo lo que veo y veo lo que quiero creer. 
Someday va a aparecer un tío o una tía tan roja, me va a hablar tan bien de la vida que me va a volver loca de remate. 
Si se puede compañeras. 

domingo, 8 de mayo de 2016

ich wolle


Hola, hola. Creo que se me ha acabado la batería. Mi cerebro no da para más, estoy cansada y a la vez activa. No puedo memorizar nada más. Me estoy leyendo un libro espectacular sobre los africanos y africanas en Estados Unidos. Se llama Americanah y es de  Chimamanda Ngozi Adichie, una escritora nigeriana. He dejado de tomar productos lácteos porque la industria láctica es casi más aterradora que la cárnica. Odio esta lluvia fina que no para. Quiero sacarme el carnet de conducir e irme a Londres y encontrar un negro de dos metros que no pare de decirme lo maravillosa que le parezco, que sea feminista de verdad y que no pare quieto. Que sea crítico. Tengo ganas de verano y de playa y de echar buenos polvos. Siento piedras en los pies que me atan a una tierra taciturna y lúgubre. Quiero que haga mucho sol y no volver a llevar sujetador nunca más. Quiero comerme un aguacate entero, acabarme todo el pesto y no dar explicaciones a nadie. Quiero dormir mucho y hacer mil planes por la ciudad. Quiero beber y fumar y no enfermarme nunca. No quiero estudiar más.

martes, 17 de noviembre de 2015

Hoy he mirado la luna y tenía forma de cruasán.

En el camino de la estación de tren a mi casa hay un gabinete de psicología. Son curiosos los gabinetes de psicología. Yo voy a mi psicóloga una vez cada quince días. Creo que todo el mundo debería ir a terapia de vez en cuando. Sienta bien. Es como hacer limpieza en tu mente, como duchar tu cerebro. Te deja como nueva.
Son curiosos los gabinetes de psicología. El mío es un gran piso que se encuentra en un edificio en el centro de Madrid. Me encantaría vivir en ese piso. Es enorme. Es un poco oscuro, pero se le puede sacar mucho partido; tiene muchas habitaciones. En cada habitación hay un terapeuta. Algunos días están casi todas llenas, algunos están casi todas vacías. Cuando entras, tras atravesar el recibidor, te diriges a una pequeña sala de espera. Tiene un sofá que es muy grande y acogedor. A mí me gusta desplomarme en él y en seguida volver a ponerme recta y como Dios manda. Hay varias sillas, cinco creo, y un cuadro delgado y alargado de una copia de los planos del puente de Brooklyn. Siempre hay luz artificial de color amarillo, a veces anaranjado. Hay revistas bastante actualizadas que los pacientes hojean cuando llevan más de diez minutos esperando.
Son curiosos los gabinetes de psicología. Llegas a la salita, saludas tímidamente a quien haya allí esperando y te sientas. Te quedas quietecita, sacas tu móvil, lo miras sin ganas. Esperas. Se escucha a los y las pacientes hablando. Es un sonido apagado y lejano, aunque a veces cobra algo de fuerza. Cuando voy los martes distingo la voz de una chica de mi edad que está siempre muy airada. Si voy los viernes hay silencio. Nadie habla con nadie, nadie hace ruido: todos y todas parecemos invisibles. Precisos como un cuentagotas, los terapeutas asoman su cabeza por la puertecita y sonríen a su paciente. Ésta es la señal que indica que te has de levantar e ir con tu psicólogo o psicóloga a su despachito. En ocasiones también dicen buenas tardes o hacen un gesto de asentimiento con la cabeza. Mi psicóloga dice pasa y sonríe. Si no ven a su paciente se vuelven por donde han venido. Acompañas a tu terapeuta y comienzas la sesión. Charlas con ella durante media hora o cuarenta minutos. Te responde cosas que tú no habías pensado. Sales como si te acabasen de dar un masaje al cerebro y dispuesta a hacer todos esos propósitos que has hecho en los últimos treinta minutos o a decir todas las cosas que sabes que van a cambiar tu vida. A veces lo haces, a veces no. Yo muchas veces lo hago y muchas veces no. Cuando lo hago me da unos resultados maravillosos.
Son curiosos los gabinetes de psicología. Nos cruzamos con gente que están allí porque como nosotros quieren que alguien les ayude a ver las cosas más claras y a hacer su vida más fácil. Pero no nos decimos nada. Aparentamos una presencia y una valentía, una fuerza que es muy probable que no tengamos, o que esté muy escondida, debilitada. Ya estamos bastante desnudos dejándonos ver en un loquero como para exponernos más. Nos quedamos serios como si debiéramos estar avergonzados de estar allí.
Todo lo contrario.
De vez en cuando hay que pedir ayuda.

jueves, 8 de octubre de 2015

Cada vez que le da el sol en la cara, cada vez que se le iluminan los ojos, me vuelvo a enamorar.